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haluros

A todos aquellos...

Personajes de mi vida que ya no veo, todos los que han quedado fuera de mi vida, los que ya solo pertenecen a mi pasado. A todos aquellos con los que acabe bien, y solo el tiempo y la distancia se ha interpuesto, gracias por haber estado alguna vez conmigo, me gustaría volveros a ver (¿creo?).
A los que acabamos mal, por mi culpa; lo siento, pude haberlo hecho mucho mejor, seguro que me gustaría arreglarlo (¿creo?).
A los que me jodieron, espero que se estén pudriendo en el infierno, pero sin rencores por favor...
Los que continúan aquí, voy a intentar que así siga el asunto, y que esto dure.

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ABUSO DE CONCIENCIA
Esta casa en que vivo se asemeja en todo a la mía: disposición de las habitaciones, olor del vestíbulo, muebles, luz oblicua por la mañana, atenuada a mediodía, solapada por la tarde; todo es igual, incluso los senderos y los árboles del jardín, y esa vieja puerta semiderruida y los adoquines del patio.
También las horas y los minutos del tiempo que pasa son semejantes a las horas y a los minutos de mi vida. En el momento en que giran a mi alrededor, me digo: “Parecen de veras. ¡Cómo se asemejan a las verdaderas horas que vivo en este momento!”
Por mi parte, si bien he suprimido en mi casa cualquier superficie de reflexión, cuando a pesar de todo el vidrio inevitable de una ventana se empeña en devolverme mi reflejo, veo en él a alguien que se me parece. ¡Sí, que se me parece mucho, lo reconozco!
¡Pero no se vaya a pretender que soy yo! ¡Vamos! Todo es falso aquí. Cuando me hayan devuelto mi casa y mi vida, entonces mi verdadero rostro.

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“La poesía parece un juego pero no lo es. El juego reúne a los hombres, pero olvidándose cada uno de sí mismo. Al contrario, en la poesía los hombres se reúnen sobre la base de su existencia. Por ella llegan al reposo, no evidentemente al falso reposo de la inactividad y vacío del pensamiento, sino al reposo infinito en que están en actividad todas las energías y todas las relaciones” (carta de Hölderlin a su hermano, 1 de enero de 1799. Citado por Heidegger en La esencia de la poesía)

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Para los defensores de la Tierra hueca, todos quienes dicen haber llegado a los polos se equivocan ya que no es un punto geográfico en la tierra externa "no se encuentra afuera, sino adentro". La Tierra estaría hendida en sus dos extremos y se curvaría al interior, de modo que si alguien sobrepasa los 83 grados de latitud, al norte o al sur, sin saberlo se hallará en el interior del planeta. La fuerza de gravedad se ubica en el centro de la corteza terrestre, que tiene un espesor de 800 millas. Más allá está el aire, el hueco interior de la tierra. La corteza, en su reverso, constituiría continentes y mares, bosques, montañas, ríos, habitados por una raza superior que entró allí en tiempos remotos y que serán los hiperbóreos de la leyenda. Su civilización sería mucho más avanzada que la de la superficie y algunos de sus guías mantendrían el contacto con muy pocos de los de "aquí". Allí estarían Agharta y Shamballah sumergidas (agharta quiere decir "inaccesible" en sánscrito), de las que hablan tibetanos y mongoles, como sedes del Rey del Mundo y el "Reino del preste Juan", y el oriente simbólico de los templarios. Allí habrían ido, entonces, los dirigentes de la Organización Esotérica hitleriana. Desde allí, Hitler recibiría instrucciones. Tal vez fuera el "paraíso terrenal inexpugnable" al que se refería el Almirante Dönitz. A sus marinos les habían permitido entrar, navegando bajo la gran barrera de los hielos polares, o por pasillos secretos, redescubiertos. Desde allí, en tiempos remotos, fueron expulsados los gitanos y los esquimales. Los esquimales cantan: "Son grandes, son terribles los hombres del interior". Y a veces se extravían los mamuts y son hallados congelados "afuera". Y allí se originan los icebergs de agua dulce, en los ríos de la tierra interna.

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En 1925, Jung editó un extraño libro, sin su firma. Sólo después de su muerte, con la publicación de sus Memorias, se ha confirmado la paternidad de la obra, contándonos Jung bajo cuáles urgencias la escribió, aparentemente en escritura automática, como dictada desde el «otro mundo», desde el Inconsciente Colectivo, como diría él. El personaje que se «la dictó» fue un Arquetipo: el del Maestro, del Sabio, del Gurú de los hindúes: Por aquel entonces, Jung se enfrentaba con el Arquetipo del Anima, esforzándose por no oír sus engañosas voces, al mismo tiempo que, algunas veces, se tomaba de su mano para descender con él a los infiernos o escalar hasta los cielos.
Jung bautizó con el nombre de Filemón a ese anciano que se le aparecía y le hablaba, revelándole profundos secretos en el fondo de su propia alma. Llegó a dibujarle, y así se ha podido conocer su silueta en El Libro Rojo, que redactó como diario de aquella época. De este modo, Filemón venía a ser el Anciano Eterno, el Caminante de la Aurora, el Viajero de los Días, el Maestro, el Gurú que habla desde un mundo sin tiempo, con otras dimensiones.
He conocido en la India y también en Chile a iniciados que reciben sus órdenes, sus «prácticas», sus normas de vida, de Maestros descarnados, habitantes del otro mundo. Estos Gurús no han descendido jamás a la carne, aun cuando sus imágenes son definidas y descritas con la misma precisión que Jung usó para dibujar a su Filemón.
Jung nos cuenta cómo se vio obligado a escribir ese extraño libro que tituló, en latín, VII Sermones ad Mortuos y el cual le fuera dictado por Filemón; pero que él atribuyó a Basílides, gnóstico de Alejandría, «la ciudad donde el Este se topa con el Oeste».
Los más curiosos fenómenos precedieron a la realización de la obra. La casa de Jung se llenó de ruido, el aire era tenso, como si estuviera lleno de presencias invisibles, sus hijos y él mismo tenían extraños sueños, la fatalidad parecía rondarles, acechando en los rincones. Todo lo cual no cesó hasta el momento mismo en que Jung dio fin a su libro.
El estilo en que está escrito es arcaico y un tanto confuso, lo cual es inevitable ante el impacto numinoso del Arquetipo.
Los junguianos no desean que este libro se difunda, temiendo quizás que la reputación científica del Maestro pueda sufrir menoscabo, confirmándose la acusación del misticismo que algunos críticos han hecho a Jung. Pero Jung lo reconoce y destaca en sus Memorias, sin temor alguno. En la edición alemana de estas Memorias póstumas se reproducen enteros los VII Sermones ad Mortuos, no así en la traducción inglesa, de donde han sido expurgados.

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